Qué horrenda es la belleza

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No me gusta El Cisne Negro. Cisne Negro tiene mucho mayor impacto. Son de esas cosas triviales que a mí me pegan en las bolas. Pero ayer pude ver la nueva película de Darren Aronofsky, protagonizada por una actriz que yo considero mediocre. La audiencia con la que la vi, Cinemark 222, ha sido uno de los peores públicos con los que he compartido sala de cine en mis casi 36 años. Se reían de todo. Al parecer la gente no cuenta con el chip del rango emocional y todo los parece gracioso, desde lo sexual hasta lo trágico.


Anécdotas de lado, Black Swan es un trabajo intenso en el que la película juega con el espectador. Todos sabemos lo que está pasando realmente y en dónde terminará —piel de gallina—, pero a veces lo dudamos porque el director sabe bien confundir nuestras mentes —cosa que, dicho sea de paso, Nolan jamás podrá conseguir—. Esto es vivir la locura de otra persona. Está en la genética de la cinta: el diseño de audio, el frenético montaje, el uso de sombras y cortes bruscos. La locura se introduce por los poros del espectador, uno que tenga emociones y no vaya nada más a engullir palomitas y decir que ‘está palomera al día siguiente’.

No les voy a mentir: no me parece el mejor trabajo de Aronofsky y la parte ‘ñoña’ de Portman me hizo ‘verla’ actuando, a veces me recordó a Amidala, y esa no es una memoria grata. Ninguno de los demás me hace sentir que vi a un actor, sobre todo Mila Kunis y Vincent Cassel. Grandes interptretaciones por parte de ambos, naturales. Pero Portman únicamente me transmitió su fuerza al mutar. Fuera de eso, sus susurros e inocentadas me parecieron un poco caricaturescas. No está mal, pero pudo hacerlo mejor, aunque su gracia al bailar sí denota la naturaleza de su personaje. Una vez convertida en Odile… Válgame nuestro Señor Jesús el Cristo, es la cosa más enloquecida de entre las creaturas que caminan este mundo.

Suspenso delicioso. Es la manera de abreviar el camino que Black Swan decide tomar para demostrar un ascenso a la locura, mientras que en Réquiem Por un Sueño, el trabajo más celebrado de Aronofsky, se trata de un descenso. Aquí Nina, la bailarina encarnada por Portman en su papel de frágil monstruosidad, alcanza el éxito y este viene con su respectivo precio. Es un ascenso.

Sean chicos buenos y descarguen el soundtrack con el que Clint Mansell juguetea entre Tchaikovsky y lo sexual. Esta es de esas rarezas cinematográficas que recorren con gracia y furia nuestro sistema nervioso. Una película hecha para verse en cine, con el grano reventado y sin tapujos.

No es una película, a mi modo de ver, sobre ‘el mundo del baile’. Ese es un mundo que cada quién vivirá de su propia manera. Tampoco es un homenaje al ballet, así que los bailarines que ahora son críticos de cine pueden tragarse sus palabras. En el cine no se trata de recrear a la perfección las disciplinas, sino convertirlas en recursos dramáticos.

Es una película sobre una hermosa escuincla que no pudo con el éxito. Y es una maravilla.

El cisne negro

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(Con su sabrosa dosis de spoilers.)

Luego de ver El cisne negro (la titularon correctamente en México, ¡increíble! Celebraré el extraño hecho llamándola por su título en español, pues), no puedo dejar de pensar que Darren Aronofsy es un moralista. De hecho, parece haber cierta sincronía entre Réquiem por un sueño y El cisne negro: en una el adagio es "las drogas destruyen" y en el otro "la belleza destruye". El final en ambas cintas va en crescendo y termina siendo delirante. Aronofsky parece querer decirnos que una persona con la suficiente carga de ego + inseguridad + inmadurez es capaz de producir fantasmas que destruyan su mente y su espíritu, y no es casualidad que tome al mundo del ballet para darnos esta lección moral –sí, su película es una crítica al obsesivo mundo del ballet. Natalie Portman, quien es una mujer increíblemente bella, no me parece tan bella en El cisne negro: a ratos parece esquelética, cansada y ojerosa. En una palabra: enferma. Pero claro, esa es la idea, mostrarnos a una mujer que sin duda es hermosa pero que está enferma, y vaya que está cucú-cucú de la cabeza. Los dones que me dio la vida van en sentido contrario a lo que se necesita para el ballet, así es que no tengo mucha idea de cómo sea ese mundillo; apoyándome en el sentido común, no obstante, me puedo imaginar que, a ciertos niveles, la competencia y las exigencias son tan atroces que terminen minando la mente y el espíritu de muchas personas que han decidido dedicarse a él. Puedo formar un combo de estrés que incluya: maestros ojetísimos, compañeros ojetísimos, padres frustrados ojetísimos, críticos del género ojetísimos, extenuantes ejercicios físicos, deadlines por cumplir… como toda actividad teatral o deportiva de élite (algo similar debe sucederle a golfistas de la PGA, maratonistas olímpicos, concertistas de grandes orquestas, toreros y un largo et cetera), "shit happens all the time". Un don es una bendición pero también una jodida carga. A la mente me viene el caso de Mónica Seles: qué chingón jugar al tenis como ella, pero qué mierda que un loco te clave un cuchillo por la espalda durante un partido.

¿Y la belleza? Bueno, estamos hablando del ballet. La danza es bella. La música es bella. El vestuario es bello. Hay un montón de estímulos estéticos: es acrobático, es técnicamente impresionante –y esto es evidente incluso para el ojo no entrenado–, las caritas cumshoteras se ponen tutu y se ven chulas, chulas… ahora bien, una escuincla que ha crecido con esa aferrada idea de la belleza (que es muy europea y muy clasicista y muy romántica), quizá sea presa fácil de las obsesiones torcidas del mundo real: de una madre resentida, de un maestro que se la quiere coger o de una compañera de compañía que busca usurpar su lugar. Nina, el personaje de la Portman, es un estuche clásico de neurosis e inseguridades. A pesar de que es hermosa, ella se siente fea. A pesar de que tiene un don para la técnica del ballet, ella insiste en sobreentrenarse. A pesar de que es una persona joven y exitosa en su campo, ella siempre quiere más. La perfección a la que se refiere el personaje, claro. Moralejas a un lado, Aronofsky logra ponernos en los zapatos de Nina, y ese es uno de los ingredientes mágicos de El cisne negro. A veces parece que el mamón director franchute de la compañía de danza (Vincent Cassel) se la quiere empinar, a veces parece que su mamá (Barbara Hershey, papelazo) es la gran culpable de su obsesión por el ballet, a veces parece que su amiga Lily (Mila Kunis) le quiere dar baje con el papel de la reina cisne y de paso con el director franchute… en realidad todo pasa en la loca cabecita de Nina, pero el cabrón de Aronofsky juega con nosotros como marionetas. Al final, es justo decir que no hay villanos: gana el lado oscuro de Nina, eso es todo. La metamorfosis de bailarina asexuada y aniñada en el erótico y perverso cisne negro del título es espectacular, sobre todo la última media hora. La música (adaptaciones de Clint Mansell a los temas de Tchaikovsky), la sobresaliente actuación de la Portman, la frenética edición, el pavoroso uso del CGI… permítanme decirles que son unos asnos si la torrentearon y no se esperaron a verla en el cine como Dios manda.

Moralista o no, Aronofsky tiene todos los recursos para meterte en su película y no soltarte. Ya después vendrá la discusión sobre los monstruos que engendra la belleza, sobre la anorexia, sobre el narcisismo, sobre las sociopatías. El cisne negro es una película que deben ver en el cine ya. Es muy intensa, muy sensorial y sí… muy bella.

El pasado es muy moderno

Omd

Ah, los ochenta. Esa época maravillosa de fiesta y sintetizadores que hoy revivimos una y otra vez con canciones pegajosas y looks electrocargados de neón nos dejó las melodías que están hoy en todas partes. Andy McCluskey y Peter Humphries, a quienes conoces mejor como Orchestals Manouvers in the Dark, y todavía mejor como OMD, son responsables de muchas de ellas, pero para ellos ya estuvo bien de vivir en el pasado. Ahora, con el lanzamiento de History of Modern (su primer álbum en 14 años), quieren convertirse nuevamente en el futuro. Esto nos dijo Andy McCluskey sobre su disco, la modernidad, la música y el fin del universo:


¿Cómo pensaron que debía sonar la música de OMD en 2010, más de 30 años después de haberse formado como grupo?

Siempre pensamos que teníamos nuestro propio y distintivo sonido, que habíamos inventado algo. Nuestra mejor música estaba en nuestros primeros tres discos, y queríamos usar los colores que OMD creó hace 30 años para pintar nuevos cuadros. 

Tratamos de ver lo que hacemos como arte. 


Podrían haber escapado un poco al género y copiar lo que se hace ahora.

¿Sabes? Cuando empezamos, nosotros pensábamos que éramos el futuro. Queríamos sonar como el futuro, ser ultramodernos. Y llegó un momento en que nos convertimos en el pasado, a la gente dejamos de interesarles y en ese momento decidimos parar. Ahora resulta que volvemos a ser cool, volvemos a ser relevantes. Por eso necesitábamos volver con un disco que tuviera sentido, en el que sintiéramos que podíamos sonar modernos otra vez. Si los Rolling Stones sacan un disco nuevo, todo mundo piensa "ojalá las canciones sean buenas". Si U2 saca un disco, todos dicen "espero que no apeste y se parezca a The Joshua Tree". Así que tenemos un problema: ¿qué somos los viejos modernistas en una era posmoderna? No podemos hacer unas cuantas canciones simpáticas, tenemos que satisfacer todos los criterios musicales-éticos-intelectuales. ¡Es muy difícil hacer eso!


Entiendo que no quisieran sacar discos nuevos hasta que fuera el momento adecuado, pero ¿ni una nueva colección de éxitos?

Odio a los grupos que sacan una recopilación nueva cada año. Muchas veces han llegado a decirme que quieren sacar un nuevo disco de 'Lo mejor de' . Por dios, Bryan Ferry y Roxy Music sacan una compilación cada año. Y eso solo es que la compañía discográfica quiere sacar dinero rápido, pero yo no quiero que estén jodiendo con mi catálogo, así que siempre he dicho que no. 


Y sin embargo, nunca desaparecieron. Siempre salía el esporádico cover de If You Leave o un remix de David Guetta. Lograron permanecer en el colectivo musical y sonoro.

Hasta cierto punto, creo que tienes razón, y no. Vendimos millones de discos y tuvimos muchos éxitos, creo que la gente comenzó a olvidarnos. Siempre que la gente habla de los 80 hace referencias a Duran Duran o Culture Club, porque eran los más extravagantes, o Depeche Mode porque siguieron adelante. Así que estábamos un poco frustrados porque nos estaban olvidando. 

Tengo amigos que todavía hacen giras y tocan los éxitos que todos quieren oír, pero sus discos nuevos son terribles. Ya no los deberían dejar hacer música nueva. Cuando salen y dicen "Hey, esta es una canción de nuestro nuevo disco", el público va al baño. Así que era muy importante hacer un buen disco. Sobre todo ahora, que dicen que somos cool y que somos influencia de grupos nuevos, así que lo último que queremos hacer es echarlo a perder con un álbum malo.

 

Después de escuchar el cover que hicieron de VCR de The XX y me hace pensar que ellos probablemente han explotado todos los sonidos que ustedes inventaron hace 30 años.

He escuchado que somos una influencia para ellos. Cuando los escucho puedo identificar algunas de nuestras canciones más melancólicas y extrañas. No creo que Electricity o Enola Gay hayan sido influencia pero tienen un sonido particular y único, y en estos momentos es muy difícil crear algo tan auténtico, así que fue nuestro pequeño homenaje. 


Las letras me hacen pensar que es un nuevo comienzo para ustedes

Qué curioso. en realidad History of Modern es lo contrario se trata sorbe el final del universo. Hiciste mal en dejar esta pregunta para el final, porque ahora vamos a estar horas hablando sobre si existe dios y si él sobreviviría el fin del universo. 


Cuando tenía 15 años, bailé Pandora's Box con una chica que me gustaba. Ese es uno de los mejores recuerdos que tengo.

Ese tipo de cosas son especiales. Hemos viajado por el mundo y vendido millones de discos, pero si alguien me dice que tiene este recuerdo, es maravilloso saber ese tipo de cosas. Nosotros no cambiamos el mundo. No detuvimos una guerra ni le dimos de comer a los pobres, pero por tres minutos fuimos parte del recuerdo maravilloso y feliz de alguien... me encanta.


(Esta es Pandora's Box) 

(Y este es el nuevo disco, que está bien bueno)

http://soundcloud.com/brightantennarecords/sets/omd-history-of-modern-new-lp


(La entrevista fue originalmente publicada en el número de febrero de Gatopardo)

Ella escupirá en tu tumba

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"What s this… I Spit on Your Garage?". Es la línea que Rose McGowan escupe en la primera Scream antes de quedar colgada de la puerta automática.


La original I Spit on Your Grave, hecha en 1979, en una época en la que películas de una crueldad y mal gusto extremos circulaban en video como ahora los mp3 de Vanessa Hudgens, siempre será una de las películas más incómodas de las que yo tenga conocimiento. Su director, productor del reciente remake, prefiere llamarla Day of the Woman. Para él es la historia de una mujer que no permite que la destrucción de su cuerpo y dignidad quede impune.

Sin ninguna trama y nada de música, presenciamos cómo Jennifer Hills (la hermosísima Camille Keaton) llega a instalarse en una cabaña aislada para terminar la que supone será su novela cumbre. Lleva algo de vino y las mayores ganas de disfrutar la soledad cuando es interrumpida por cuatro tipos que la violan repetidas veces en una secuencia tan humillante, larga y repetitva como puedan imaginarse. Después de un periodo de recuperación y silencio, Jennifer retorna para vengarse con lujo de crueldad. Fin.

Lo primero que uno puede pensar al final de ese calvario es: ¿cuánto habrá sufrido o enfrentado Camille Keaton a nivel mental para conseguir ese terror y sentimiento de vejación? Lo segundo es: ¿qué diablos pensaban conseguir con esta película? Como película de venganza es efectiva. Uno no puede ocultar el placer de ver a los victimarios convertidos en víctimas con esa saña. Pero tampoco hay un sentimiento de justicia. Finalmente la mujer se llevará lo ocurrido en la mente por el resto de sus días, y asesinar con tijeras y cuchillos a los fulanos no de devolverá los sueños placenteros. Por el contrario. Sin embargo, es un alivio verlos sometidos y muertos.

El remake llega entre Saws y Hostales, películas 'de horror' sobre situaciones improbables con secuencias de tortura artificiosas y espectaculares. Esta no se anda con esas cosas. A pesar de sus terribles errores: las conversaciones en las que los malos dejan claro lo malos que son, y la víctima les responde de la misma manera en que ellos le hicieron antes de darles muerte, así como las artimañas de Jennifer para atraer a cada uno de los criminales con precisión matemática; esta nueva versión tiene niveles de intensidad pocas veces vistos en el cine gringo moderno. En ese sentido, como ejemplo digno de survival horror, funciona.

¿Es una película 'divertida'? Pues no. Y mucho menos una como para 'llevar a la novia y pasarla bomba'. Pero un paso atrevido hacia el cine de terror como Estados Unidos solía hacerlo, sí es.