Detrás de un hermoso copo de nieve

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Hace diez años yo era un veinticuatroañero recién abandonado por 'el amor de su vida', que había volteado la espalda a una carrera prometedora en Estados Unidos y con 20 kilos (extra) encima. Una de las experiencias más dolorosas de mi existencia, considerando la inversión anímica y el atentado contra mi propio desarrollo profesional que surgió de aquel enamoramiento explosivo.
Acababa también de pasar por un accidente que le arrebató la vida a un conocido de 14 años. Me culpé por ello durante mucho tiempo.
Hace diez años era una granada de mano en espera del momento ideal para estallar y terminar con todas esas cosas que me tenían tan confundido y mantenían mi ego debajo de una bota. El pie era mi propia cabeza.
¿Cómo chingados había llegado a ese momento en el que todo parecía de cartón? El escenario a mi alrededor magnificaba mi impotencia, y no pasaba un sólo día sin que deseara recurrir a un instante violento para terminar con la agonía emocional.
Entonces llegó Fight Club.

Para mí era 'la nueva película de David Fincher', aquel director que me había hecho sentir desprecio por mi propia negligencia en Se7en. Las imágenes del avance de 'la nueva película de David Fincher' eran algo confusas, pero anunciaban un tipo de entretenimiento que parecía desafiar categorías. Era el año de The Matrix y The Phantom Menace, pero fue Fight Club la única que permaneció punkeando mis neuronas durante meses. Fue Fight Club la única que acudí a ver en ocho ocasiones. Mi cerebro era virgen antes de ella.

En mi primer contacto con 'la nueva de David Fincher' la sala se encontraba atascada. Tuve que sentarme en la esquina izquierda de la sala 7 del Cinépolis Diana, acompañado de una date que había conocido por internet. La date, las decenas de personas que me acompañaban en el cuarto, la esquina más incómoda del cine, el haber llegado a menos de 2 minutos de que iniciara la proyección; todo desapareció cuando esa serie de one-liners lanzados desde el sistema DTS golpearon repetidamente mis sentimientos de ira, frustración, abandono, falta de fe, costumbre, autocompasión y desesperanza. ¿Qué chingados estaba haciendo? ¿Qué putas hacía con una tipa ñoña que acababa de conocer en un chat? ¿Por qué sentía que jamás estaría con otra mujer que moviera mis órganos como aquella ex? ¿A dónde iba a llegar con mi falta de compromiso en el trabajo?

No. Yo no vi en Fight Club una licencia pop para tronarme la quijada a punta de cabronazos con mis amigos en espera de la siguiente moda. Para mí era una advertencia: algo anda mal y, si no te agarras los huevos, vas a terminar justificando tus estupideces y miedos con un alter ego. Seguirás cortándote los brazos con navajas, bebiendo hasta besar el suelo, marcándole a 'esa estúpida' por las noches hasta que un buen día cambie su número o levante una denuncia en tu contra –eso sí lo hizo.
Al final el amor salva a nuestro narrador. El sistema cae y no sabemos si realmente hay repercusiones mundiales. Pero sabemos que encontró a alguien. Peleó consigo mismo y entonces resucitó.
Eso fue lo que yo interpreté. Eso era lo que quería para mí.
La llegada del 2000 traería sorpresas positivas a mi vida, tras cuatro años de golpear mi cabeza contra la pared.
Fight Club tuvo mucho que ver.