#5: Kill Bill, Vol. I, de Quentin Tarantino (2003)
En algún momento de un truene, le dije a una novia que yo era Bill y ella era como la Novia. La presunción no debe ser particularmente original, pero me pareció atinada por múltiples razones en su momento. Ella me gritoneó, toda alarmada: "¡Pero ellos se matan
, Rodrigo!". Ya habíamos visto el Volumen II de Kill Bill, cuyo finale me dejó con una sensación agridulce que nunca superé del todo: Cabri dice que la pelea final entre Bill y Beatrix Kiddo no es necesaria porque ambos están "al nivel". Sin embargo, yo soy un espectador hedonista y espero rayos y centellas en una confrontación climática. Con más frialdad, me pareció que ese Volumen II abunda demasiado en los vicios (vicios chingones, sí, pero al final vicios) de Quentin Tarantino. Y podría seguirme toda la noche armando coincidencias entre este filme y Perros de reserva e Inglourious Basterds, por ejemplo. A mi gusto, el Volumen I está mejor contado, tiene mejor ritmo e imágenes mucho más memorables. No podría describir con toda precisión el flujo de putazos emocionales que me acomodó, por ejemplo, el arranque con el tema de Nancy SInatra, o el duelo en la nieve, o la Novia en moto con la música de El avispón verde de fondo, o cuando caen los créditos finales con "The Lonely Sheperd". Es una herejía lo que voy a decir, pero el Volumen I de Kill Bill tiene menos momentos tarantinescos, es decir, menos momentos del Tarantino-obsesivo (el que sobredialoga, se autoreferencia, etc), y creo que por eso es una película implacable y hermosa. Respeto a quienes se dedean con esos diálogos interminables entre Bill y la Novia al final del Volumen II; para mí, el Volumen I es la pasta. Y mi DVD con la edición japonesa es una maldita belleza. Y no se los presto. Lero lero.
#4: The Lord of the Rings: The Two Towers, de Peter Jackson (2002)
No creo que un director de cine –amén de los avances tecnológicos– hubiera tenido el éxito que tuvo el estreno de la santa trilogía tolkiendil de haberlo hecho antes de los 2000. Décadas de geekyaculation contenida en espera de la versión definitiva de LOTR ayudaron a crear el monstruo taquillero y referencial en el que se convirtió. Dicho esto, admito que no me sentí particularmente impresionado cuando vi la primera entrega de
El Señor de los Anillos de Peter Jackson. Llámenlo el hype, llámenlo haber estado en aquel screening de veintitantos minutos en el Cine Diana (junto a celebridades de la talla de Mario P. Székely y Le Cabree antes de que trabajáramos juntos en... ¡la revista
Eres!), pero me pareció parquita, lentita y anticlimática. Supongo que a mis tiernos 28 no tenía ganas de tenerle paciencia a Peter Jackson. Siendo justos, el tipo necesitaba una jugosa cantidad de tiempo y recursos para presentar coherentemente a los personajes y situaciones de una historia que en lo último para lo que fue pensada fue para adaptarse al cine. Como he conversado
ad nauseam, Tolkien estaba más preocupado por crear la lengua élfica que en los puntos finos de la narración de una historia, así es que no es de sorprender que la lectura de sus libros sea a ratos atropellada y bonachona. Por supuesto,
El Señor de los Anillos es un festín de imaginación, tanto que se detiene constantemente a la mitad del camino para describir con lujo de detalle –y regodeándose en los nombres de gente y lugares– las trivialidades de la Tierra Media. Ese, evidentemente, es su encanto, cosa que lo aleja monumentalmente de obras bestsellerosas, como
Eragon y todo lo que sale de la pluma de la Sra. Rowling. Para nuestra fortuna, con amor y un talento desbordado, Jackson y Philippa Boyens armaron un guión pensado en audiencias contemporáneas, las necesidades reales del mercado del cine mundial y también (cómo no) en respetar la obra original... hasta donde fuera posible. Esto implicó que
La comunidad del anillo fuera a ratos bochornosa. Para colmo, en el screening mentado nos spoilerearon la secuencia del puente de Kazhad-Dûm, la cual sí me dejó con el hocico a nueve butacas, pero también, a la hora de verla en el cine, por ahí de la Navidad de 2001, bueh, digamos que me pareció un poco decepcionante darme cuenta que había visto lo más espectacular meses atrás en el Diane. No fue sino hasta que le metí mano a la edición especial extendida por allá de 2004 (creo) que pude agarrarle más cariño a ese primer episodio. Frodo y Sam en los momentos finales, mirando a la distancia a Mordor, me hacen llorar como una niñita. Sin embargo, este comentario es sobre
Las dos torres: para la Navidad de 2002, LOTR era la cosa más hypeada sobre la Tierra, y yo y millones de idiotas alrededor del globo estábamos realmente excitados con la idea de ver la madriza en el abismo de Helm (que tiene el mejor
build-up de una batalla que he visto en el cine) y, por supuesto, presenciar a Gollum en acción. Gollum fue otra de esas cosas que se hypearon ad nauseam, y aunque yo me sentía aún encabronado por la patética participación de Jar Jar Binks, sentía que Gollum era EL personaje digital al que debíamos darle una oportunidad. Y el bastardo cumplió, vaya que sí. Esta segunda parte fue muy especial por Gollum, eso no es ningún secreto: el pequeño hijuepú se llevó la película y, en su momento, potenció seriamente las posibilidades de los personajes digitales en el séptimo arte –cosa que de alguna forma se acaba de concretar con los koalitas azules de
Avatar. El secreto detrás de Gollum no fue Weta sino Andy Serkis, un actorcito desconocido que llevó a las estrellas la que, creo, es la línea más memorable del cine de esta década, del tamaño de aquel "He's looking at you, kid" o de "No, I am your father". Me refiero a "my prrrrrrecious", claro. Gracias a
Las dos torres jacksoniana, con unos buenos quince años de haber hecho primer contacto con la obra de Tolkien, me cayó de putazo la fuerza del dilema moral del Anillo, y también de su fuerza mítica, de su fuerza como objeto único del mito de Tolkien. De alguna forma, la audiencia sabía que Frodo era el pobre diablo que tenía que llevar "la carga" que representaba el Anillo, pero Gollum detonó en nosotros el tamaño del compromiso al hacer tan explícito el tamaño de la obsesión. El Anillo Único es uno de esos
mcguffins tan grandes como la vida y el cine mismo. Siendo completamente honesto, creo firmemente que ninguna otra película de esta década supera el foco y el tamaño del esfuerzo de Peter Jackson al realizar la trilogía de
El Señor de los Anillos. Creo que es el máximo evento cinematográfico de la década, punto. Y a pesar de que forman parte de mi historia sentimental por el simple hecho de haberla ido a ver con alguien que me importaba mucho en ese momento, la he colocado en el cuarto sitio porque hubo otras cintas que me hablaron más al corazón que éstas. Creo que mi favorita es
Las dos torres por el burdo hecho de estar en medio; amé
El retorno del rey a pesar de que es necesariamente más ruidosa, predecible, acartonada y melosa. El segundo episodio, sin embargo, es perfectamente oscuro y "clifjangueroso": tal como deben ser los buenos capítulos intermedios. Espero con ansias la edición en Blu-ray. Pero espero con más ansias el día en el que mi hija tenga suficiente edad para verlas completas con su papá y geekear juntos. Yo pondré el Chianti, lo sé.
http://www.flickr.com/photos/ruy_xw/4229746195/
#3: Almost Famous, de Cameron Crowe (2000)
Sólo para la anécdota: la vi por primera vez en una premiere semivacía que realizamos para
Quo en unos cine Lumiere, yikes. Ahora, lean esta frase de
Almost Famous porque es la verdad imbuida en 83 caracteres: "T
he only true currency in this bankrupt world is what you share with someone else when you're uncool". Amo demasiadas cosas de esta película: las frases, el soundtrack, la idea de que las groupies pueden ser princesas perdidas de amor, la parte en la que la hermana que se va de la casa le regala a su hermanito sus discos de rock, y le otorga un secreto: "Si escuchas Tommy con una vela encendida podrás ver tu futuro". Amo "America" con Simon & Garfunkel, pero en el contexto en el que la pone Cameron Crowe, y también a Philip Seymour Hoffman como Lester Bangs. Escuchadme: esta es una película a la que hay que recurrir de vez en cuando. Alimenta el alma y emociona el estómago. Aunque en el fondo, parafraseando a Penny Lane, todos somos "demasiado dulces para el rock 'n roll".
Y empatada en el #3: Lost in Translation, de Sofia Coppola (2003)
En 2004 pasé una tarde lluviosita de sushi y DVD con una jeva hermosa. El sushi estuvo bien, la película fue Lost in Translation. Dos beautiful strangers. Un final hermoso y encantador. Tiene un lugar especial en mi corazón. Me refiero a la película. Al soundtrack. A la frase "The more you know who you are, and what you want, the less you let things upset you". Y a la jeva hermosa también, claro.
#2: Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, de Jean-Pierre Jeunet (2001)
Mi particular historia con Amélie Poulain es la siguiente: en el año 2001 estaba pasando por una crisis personal bien pinche, del tipo de crisis que te hacen odiar la felicidad de los demás. Mi ego no me permitía ver más allá de lo siguiente: yo necesito más, yo merezco más. El efecto de Amélie en mí fue devastador: a pesar de que me encantó la maldita película, literalmente me zurró presenciar la buena vibra de la protagonista con el prójimo y las consecuencias benditas de sus acciones sobre ellos. Salí de mis problemas, entré en nuevos y variados problemas, y creció en mí la noción de que odiaba, realmente ODIABA a Amélie. Incluso le hacía la broma a Cuteness, le hacía saber que yo no necesitaba Amélie, que me daba exactamente lo mismo. En 2009, como en las buenas historias de gente a la que le tiene que pasar algo en la vida, el estúpido TiVo grabó como "recomendación" automatizada Le fabuleux destin d'Amélie Poulain. Y la vi. Y como ustedes saben de sobra que soy un maldito llorón, bueh, lo predecible es que en los primeros cinco minutos de película yo estaba completamente bañado en lágrimas. No fue como verla por primera vez, eso sería idiota de mi parte decirlo, pues no era la primera vez que la veía. Pero lo cierto es que yo, el espectador, en definitiva no era el mismo de aquel 2001. Y supongo que esa característica de una obra de arte, esa característica que aprendí en la universidad, es decir, que la obra vive a pesar de su autor y a pesar de los ojos de la audiencia, y se manifiesta de diferentes formas según el momento y el contexto en que sea apreciada, ea, me rompió la madre. Tomé de mucha mejor forma los actos de bondad de Amélie, me angustié un poco más porque el pendejo de Nino (y la pendeja de Amélie) no parecen hacer algo al respecto para su propia felicidad, me emocionó pensar que quebrar un crème brûlée con la cuchara es algo maravilloso, en verdad que lo es. El bombardeo de mensajes emocionales en Amélie es tan intenso y de una naturaleza tan frágil, que fácilmente podrían trasladarse al terreno del cliché. La frase "quand le doigt montre le ciel, l' imbécile regarde le doigt" (cuando un dedo apunta al cielo, el imbécil sólo se fija en el dedo) es digna de un afiche con un payasito globero a la venta en la tienda de souvenirs de la Central Camionera del Norte, pero adentro de Amélie es una de las docenas de felicidades, del tamaño de "sans toi, les émotions d'aujourd'hui ne seraient que la peau morte des émotions d'autrefois". Mi momento favorito, por supuesto, es aquel en el que un hombre llamado Bretodeau encuentra la cajita oxidada en la que está "todo lo que queda de su infancia". Así, tengo para mí que, dentro de su extraño sentido del humor y visuales acaramelados ("cine champán", le dicen por ahí), Jean-Pierre Jeunet ha hecho una película que es también una pequeña advertencia. Todos los días, la vida se acaba un poco. Y está cabrón perder el tiempo en pendejadas. Oh sí: el pedo está cabrón.
http://www.flickr.com/photos/ruy_xw/4229756411/ #1: The Royal Tenenbaums, de Wes Anderson (2001)
En aquel 2001 la distribuidora nacional me ofreció cubrir el junket de un director relativamente desconocido, Wes Anderson. Iban a estrenar su nueva película, la cual, me dijo la amiga de la distribuidora, venía "muy fuerte para los óscares" (sic). No fui porque a huevo querían portada, y en
Quo sólo una vez hicimos una irresponsable portada colgándonos de la temática de una película (y no iba a repetir el gag). Aunque hubiera ido, igual, no sabría a lo que me estaba enfrentando. Yo no había visto nada de Anderson (procuré buscar
Rushmore mucho después), pero el siempre bendito hype me llevó a las salas una vez que la estrenaron (primavera de 2002) y literalmente amé lo que presencié, no sólo porque me pareció original –lo cual ahora, seguro, es muy cuestionable, sobre todo en esta época retacada de hipstercitos– y retumbó en mí docenas de ecos a mi vida, mi familia y mi obra personal. Mi hermano la vio por su cuenta y me llamó, en esos días, por teléfono. Me dijo que mi papá era como Royal, todo cínico y ausente, y que nuestra mamá era como la Sra. Tenenbaum, sólo que sin novio negro. Yo debía ser como Richie, todo emo y sensiblero y depresivo y mariguano, y él como Chas, perfectamente práctico y controlador y criticón. Nunca tuvimos una hermana. Nunca nadie en mi familia perdió un dedo. Sin embargo, mi novia en aquel momento se encabronó con la idea ("hey, juguemos a que yo soy Richie y tú Margot) y se zurró en mí. En verdad le molestó mucho. Finalmente, no la convencí de nada pero me aliviané: todos tenemos derecho a identificarnos con los personajes que salen en el cine, todos tenemos derecho de hacernos nuestras propias chaquetas mentales. Yo acababa de publicar un libro que, esencialmente, era el resumen fantasioso de la familia disfuncional en la que me tocó nacer, pero desde la perspectiva de uno de los miembros jóvenes de ella. Y en realidad gran parte de lo que escribo es eso: extrapolaciones de mí, de mis padres, de mi hermano, mis novias, mis amigos. Así es que, bueh, podrán imaginar que
The Royal Tenenbaums tocó y sigue tocando temas... importantes. "Royal O'Reilly Tenenbaum • 1932-2001 • Died Tragically Rescuing His Family From The Wreckage Of A Destroyed Sinking Battleship", por ejemplo. Aunque las cosas en el cine siempre funcionan mejor que en la vida real, o al menos eso me gusta pensar. E independientemente de todo lo que he dicho, creo que es una película brillante, hecha por un narrador
sui generis pero lo suficientemente obsesionado con el detalle como para alegrarme. Tengo mi copia de Criterion. Puedo verla cuando quiera.
Go, Mordecai!
Y nada, gracias a todos por leer. Nos vemos en 2010.
--
La parte 1 de la lista,
aquí.
La parte 2 de la lista,
aquí.