Gulp!

El discurso del Rey.

No sé si sea cuestión de género, pero me devastó tanto la película ahora ganadora del Oscar que no podía hablar al salir de ella. Mi primer sentimiento fue: No tenemos líderes así en esta era.
La historia es, para mí, sobre el renuente Rey tartamudo que le tuvo que decir a su imperio: nos vamos a la Guerra Mundial. La idea del momento histórico, aunada a la necesidad de superación de este hombre, que tuvo que pasar por alto su impedimento para dotar a su país de una voz de esperanza, me caló los huesos.

No, no hay líderes así en esta época. Colin Firth dota de vulnerabilidad y pasión a su personaje. Vaya que merece ese premio que se ha llevado. Porque imaginar a una persona, una sola persona, pequeña, destruida por su historia personal y dudosa del futuro, que enfrenta uno de los mayores cataclismos de la historia moderna, no es fácil.

En El Discurso del Rey todo es sutil. Su director permite a los actores sacar lo mejor de sí mismos. No hay picos ególatras en el estilo de la dirección. Es muy discreta en ese sentido. Pero el rumbo que lleva, en crescendo, rumbo a una cascada de emociones que tocan fibras de honor, responsabilidad, reconocimiento del papel personal, sacrificio y lealtad a los principios personales, son el vehículo que transforma al Discurso del Rey en una gigantesca roca que todo tira a su paso.

Es ganadora del Oscar a mejor película, y merece ese nombramiento.

Culpables todos

Presunto-culpable

Presunto Culpable es, en definitiva, un gran avance en cuanto a retrato de una sociedad y cinematográficamente. Es un docudrama filmado con sencillez, buen flujo y sin chantajismo excesivo. Aplaudo la iniciativa y el resultado.
Para nada puedo calificar a una cinta con estas características de innecesaria. Sin embargo es una experiencia que yo bien pude ahorrarme porque he visto en incontables ocasiones la manera en que el sistema judicial mexicano opera. Lo he hecho muy de cerca.

Evité asistir durante la semana de estreno porque sabía que me enfrentaría justo a las estupideces a las que me enfrenté en la función de ayer. Lo más triste de Presunto Culpable es la reacción de la audiencia. No puedo generalizar, pero lo que viví ayer me dejó con mal sabor de boca. Es la prueba irrefutable de que México no está preparado para encarar absolutamente nada.

Finalmente el objetivo de la película es hacer del conocimiento de todos la completa podredumbre en la que vivimos. Las risas en los momentos irónicos son de pena. ¿Cómo podemos reírnos de que nuestro jueces son incapaces de hilar ideas, de que la policía judicial está compuesta por zánganos sin un gramo de humildad, honor o voluntad de servicio? No es gracioso, es profundamente avergonzante. ¿Cómo nos puede parecer hilarante? Tal vez porque, en el fondo, todos somos iguales, ¿cierto? Jijijijiji.

Me sorprende que de entre los involucrados en lo que ocurre en patalla los únicos elocuentes sean Toño y sus abogados. Los únicos. Los demás son insectos que 'persiguen la chuleta' y si fueran médicos dejarían bisturís dentro de los cuerpos de sus pacientes, y si fueran arquitectos planearían consrucciones sin sentido funcional. Es un comportamiento que se extiende a todas las ramas sociales en nuestro país: los transportistas, el gobierno, los restauranteros, los empresarios, los profesionistas… Todos se quejan pero son una copia de la copia de la copia de la misma especie que vemos en pantalla. Y cuando se ríen de ello no queda más que sentir tristeza y desesperanza.

El final de Presunto Culpable es justo lo que podíamos esperar de una película como esta. No nos iban a hacer atravesar por todo eso nada más para darnos un golpe en el estómago una vez en el piso. Eso, a mi parecer, causa un efecto adverso, de alivio, en el espectador. "¡Fiu! No le fue tan mal".

Me parece que la gente que se prende con lo que ven en pantalla y recomienda "Tienes que verla" no ha pasado por situaciones así. Esto no es nada al lado del 'Caso Rubí', que también está filmado y no parece haber terminado. Claro, aquí la ponen en cine y es una historia que sigue muy de cerca a su protagonista. Para identificarnos con la desgracia necesitamos darle rostro, nombre y saber de dónde viene. En ese aspecto el estreno de algo como esto merece todos los aplausos que podamos dar hasta que se nos cansen las manos.

Ahora… ¿vamos realmente a hacer algo? Y no me refiero a levantarnos en armas y derrocar al gobierno. Me refiero a parar de mamar cuando conducimos, cuando caminamos, en el vecindario en el que vivimos, en el trabajo, dejar de comprar piratería, reconocer los logros de terceros, dejar de sentirnos ofendidos cuando un tercero no está de acuerdo con nosotros… Todas esas cosas en las que sí tenemos poder. Bueno, ese es el punto. Si no vamos a pasar de un "Tss… No, pos sí está gruexo", somos peor que ganado.

Momias

(download)

Por obra y gracia de las recomendaciones del viejo –aunque cultísimo– Pabli a.k.a. CEO de Paellas Simitrio®, recientemente caí en el Museo de El Carmen, famoso en la Ciudad de México porque en las profundidades de su cripta exhibe una docena de momias (que engalanan las fotos de este post). Nadie sabe quienes fueron las hoy momificadas personillas, lo que les provee de un aura de misterio encantador. Todo el tema de las momias ha sido importante en mi vida durante los últimos seis meses. El motivo: mi hija está obsesionada con ellas. Sí, se ha obsesionado con la figura del muerto petrificado a raíz que una vez le puse la película de La momia modelo '99. Y qué viaje ha sido. Yo no le tenía mucho respeto a La momia y mucho menos a La momia regresa, pero después de verlas unas 26 veces en los últimos meses, he concluido que son geniales al lado del Episodio I, que fue una película que salió ese mismo año; y en verdad no lo digo a la ligera: a diferencia del mamotreto de Lucas, La momia sí tiene un villano claro (Imhotep), una narración lineal que funciona y sentido del humor sin valerse de lagartijas retrasadas mentales que hablan con voz tipluda. La primera vez que la vio mi hija, a sus cuatro años y medio –hoy tiene 5–, se sintió completamente fascinada con la idea de que a un tipo lo metieran a una caja envuelto en vendas y que resucitara como una especie de calaca que le quita los ojos, la lengua y demás órganos a los vivos. Mi hija tiene un gusto por lo gótico: le enloquecen las historias de vampiros, hombres lobo, fantasmas, momias y monstruos que surgen de lagunas. Tiene un gusto por los detalles gore, y aunque sé que yo sería un pendejo irresponsable si la pusiera a ver The Texas Chainsaw Massacre, me lo he tomado con calma a la hora de las decapitaciones en el cine: un sujeto sin cabeza es un símbolo muy poderoso. Lo mismo sucede con el resto de las mutilaciones en la ficción (los símbolos de desprendimiento son motifs eminentemente mitológicos). En este momento de su vida, mi hija está separando saludablemente lo literal de lo metafórico, y que una momia revivida por un polvo mágico que Imohtep se saca de la manga pierda un brazo o una cabeza, no me parece mórbido para ella. A la atmósfera sobrenatural, tenebrosa y misteriosa de una tumba egipcia, se suma el romance. Y yo sé que para mi hija, aunque se tapa los ojos y verbaliza cuanto LE CAGA que Brendan Fraser y Rachel Weisz se coqueteen sabroso, ese aire de aventura romántica remata muy bien la historia de La momia. Por supuesto, de eso se trata lo gótico: un fino coctel de horror y romance. Mi padre leía a Salgari de niño, yo leía los tebeos de Mandrake y el Capitán Misterio (en esta edición, de hecho) y ahora veo que el sense of adventure (que le llaman) que prodiga La momia se ha apoderado de mi hija. En verdad yo no lo esperaba, sobre todo por el nivel de interés que ha despertado en ella todo el asunto. Le regalé en Reyes un set de momias de Playmobil, conseguí una maravillosa enciclopedia infantil de Dorling Kindersley sobre el fenómeno de la momificación en todo el mundo y un libraco-objeto, en El Péndulo, con un pequeño sarcófago plástico de momia enmedio –a medida que uno va avanzando en el libro y pesca las explicaciones, se va abriendo el sarcófago para revelar su contenido. A las dos primeras partes de La momia le siguió una tercera, con Jet Li, que es apestosa a más no poder y de la cual mi hija me reclamó que "la mamá nueva está fea". Así es que no la hemos vuelto a ver. A la distancia de los meses, hemos discutido por qué la momia de la cinta le tiene miedo a los gatos, guardianes del inframundo, por qué guardaban en vasijas los órganos vitales, qué pedo con el ojo de Horus, por qué en inglés la palabra momia suena como mamá y por qué los camellos también corren. En cuanto el CEO de Paellas Simitrio® me comentó que en el mencionado Museo de El Carmen tenían momias, dije: estoy tan ahí. Llevé a mi chica preguntona (¿por qué, por qué, POR QUÉ?) y nos dimos un festín momiesco de proporciones imohtepescas. Bueh: nada que ver con el cine (ni con Egipto), pero funciona. La atmósfera es creepy, los rostros descarnados de esos pobres infelices que alguna vez fueron personas. Mi hija se acercaba a los vidrios para verlas con detalle. No le dio nada de miedo. Traía un dulce (una de esas bombas de azúcar en forma de roll-on) que la hacía ver como una reporterita con micrófono en mano. Hizo broma. Obviamente es inevitable pensar en la muerte, pero sobre todo pensar en la eternidad: al ver a una momia pasa por la mente la chusca idea de "lo eterno". Es una ilusión, claro, porque nada es eterno. Nada: ni las obras de Shakespeare, ni la Rotonda de los Hombres Ilustres, ni los aretes de tu abuela, ni la deuda de tu casa, ni ese jefe que tanto te molesta, ni tu flamante PlayStation 3 y mucho menos estos cuerpos con los que deambulamos en vida. Esas momias que hoy tienen unos 300 años en ese estado algún día van a ser polvo o ni siquiera eso. Y para allá vamos todos y todo, mi lic. Pero antes de sobredimensionarnos con ideas necróticas, lo otro que es inevitable pensar al ver esos rostros de muertos paralizados con muecas grotescas es: ¿quiénes eran ellos? ¿De qué hablaban, por dónde la rolaban, a quién se cogían, qué comían los domingos? Lo bonito de la muerte es que te hace pensar en la vida. Y es un pretexto perfecto para citar a Tom Waits:

Now you’re gone, and it’s hotels and whiskey and sad-luck dames - And I don’t care if they miss me, I never remember their names - They say if you get far enough away, you’ll be on your way back home - Well, I’m at the station, and I can’t get on the train

Narco es hip

Soldado-perez

 Los gringos siempre salvan al mundo en las películas, ahora es el turno de los mexicanos. Debo admitir que la idea de No es Otra Tonta Película Mexicana es muy tentadora y, de ser bien ejecutada, podría dar origen a una increíble comedia. Ese no es el caso de Salvando al Soldado Pérez.

No había visto ninguna de las películas de Lemon Films completa. No vi KM31, no vi Matando Cabos y no vi Reservoir Tony Daltons.

La idea me parece maravillosa. No bromeo. Un narco mexicano deja al ejército gringo y a todo Irak como unos pendejos. Cuando vi el trailer me llamó la atención y tuve genuinas ganas de verla. Pero el resultado final es una cosa tan abominable que únicamente puedo decir: he ahí otra oportunidad desperdiciada.

Tiene miles de problemas, comenzando por Miguel Rodarte. A mí el tipo me cae bien por alguna extraña razón. No lo conozco en persona y tampoco le he visto demasiadas películas, pero tiene aura de buena gente. Es justamente por eso que es pésima elección como el Meganarco que todo México teme. Su personaje, Julián Pérez, carece de personalidad. Y para arruinarlo más, carece de un background que nos haga sentir lo hijo de perra que es. Porque la idea es que el hombre ascendió en el poder de la droga y se convirtió en überhijueputa. Pero a) ni el guión permite que lo creamos y b) él tampoco. Es demasiado bonachón y le falta toda la intensidad del mundo. Ojo: ya sé que esto es una comedia, pero es necesario que la presencia de Julián Pérez en pantalla emane esa capacidad de violencia y misericordia que un personaje así requiere, como DeNiro en Analyze This. Es un papel que pudo dar demasiado, y aquí es menos que unidimensional. Es horrible.

Como era de esperarse a raíz del trailer, hay un tono mexicanesco–spaguetiwesternesco que jamás cuaja. Hay hasta homenajes a Sergio Leone en secuencias de flashback en las que pretenden ilustrarnos el origen de Julián Pérez y su saga. Pero en verdad son las únicas secuencias interesantes de toda la película y parecen directamente sacadas del cine de Leone —sobre todo aquella en la que los narcos malvados aparecen detrás del autobús, como una forma de homenaje a Érase una vez en el Oeste—.

La premisa: Juan Pérez es un mexicano que se ha unido al ejército gringo y es secuestrado por un grupo insurgente en Irak. Su madre (Isela Vega) lo quiere de vuelta y, en un gesto que va en contra de sus deseos, le pide a su otro y detestado hijo, Julián Pérez, usar su poderío para encontrarlo y traerlo a sus brazos. Eso es todo y, la verdad, no se requiere más. De eso se trata la película.

La dirección es amateur, con puras tomas panorámicas, medium shots y close ups sin sentido. Me parece que esa es la gran falla del cine mexicano: ignorar por completo las razones del lenguaje. Por eso cualquier perro videoclipero como Iñárritu pasa por gran cineasta, porque al menos él sabe plagiarlo. Pero el director, cuyo nombre real sí es Beto Gómez, no sabe qué hacer con el material y termina entregando una película que luce bien pero no tiene nada detrás. Ni forma ni contenido. Y hay dinero, que conste.

Jaime Camil y Adal Ramones aparecen en esta cinta y, evidentemente, sus participaciones son lamentables. Sobre todo nuestro buen Adal, con su personaje estilo Tony Montana con todo y fuentecita "The World Is Yours". Aquí es donde nos damos cuenta de la poca capacidad histriónica que todos estos fulanos comparten. Sus personajes son parodias y ni a esas parodias pueden dotar de características distintivas. Completa carroña.

El diseño de producción es bueno, pero si el director no tiene idea de qué hacer con él lo convierte en un completo desperdicio de dinero. Tampoco es un festín de 'chingatumadreputos' ni 'misgoebosentucara' ni nada de eso. Kudos por evitar esas cosas.

Al final creo que le irá bien. México necesita una película en la que salgamos victoriosos y, aunque esta es totalmente olvidable y está filmada con el hígado en vez del cerebro, le dará a todos una dosis de humor que las audiencias que paguen boleto por algo llamado Salvando al Soldado Pérez harán pasar por 'palomera'.