Behind The Wheel… NOT!

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No odio conducir. Simplemente, a diferencia de lo que opina el resto de la sociedad, me parece incómodo. :O

Realmente no he necesitado un auto para vivir. Me gusta mucho caminar, me encuentro en una colonia que tiene la mayoría de los servicios que requiero al alcance de mis pasos y, principalmente, evito esas situaciones que los conductores menosprecian en comparación con las ventajas de colocarse en el asiento del piloto. Para mí no es así.

Por ejemplo:

1. Llegar tarde a la película/cita/obra de teatro/oficina por no encontrar sitio para estacionarse.
2. Lidiar con Valet Parkings, vienevienes y vehículos de terceros que pueden golpear tu auto mientras está estacionado.
3. Agencias que te piden el Arca de la Alianza a cambio del mantenimiento.
4. Mecánicos abusivos que, a veces, magnifican los problemas.
5. La manera de conducir en las ciudades mexicanas: defensiva y abusiva.
6. La posibilidad de que el auto te deje tirado —me aterra—, que a veces es consecuencia del punto 4, y a veces de la propia negligencia.
7. El tráfico. En el transporte puedes leer, escribir, mensajear o desconectarte con los audífonos.
8. El estrés.
9. La posibilidad de robo del vehículo.
10. Los pagos idiotas al gobierno.

No pretendo evangelizar con aquello de que 'caminar/andar en bici es mejor'. Pero la alfombra de autos en la Ciudad de México, aunada a las marchas, obras, imprudencia, agresividad, falta de compromiso cívico y demás factores, me parecen una plaga.

Es probable que yo gaste mucho más dinero en transporte público del que podría 'invertir' en un crédito, gasolina y estacionamiento. Pero mi filosofía es: Compro mi tranquilidad.

Rara vez veo conductores con una sonrisa en la cara en horas pico. No me agrada la idea de ser uno de ellos.

Los sueños ajenos

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"El alma, sin el cuerpo, juega" (Petronio)

Instalé Netflix en mi PS3 porque traía un icono GIGANTE y una promoción de 1 mes gratis. En términos generales, la selección de películas me pareció apestosa, la interfaz es horrible, la calidad de reproducción muy cuestionable, pero… pero… PERO: me encontré con una peliculilla que quería ver desde hace tiempo y que por paria y holgazán no había visto. Me refiero a Paprika (2006) de Satoshi Kon, el mismo de Perfect Blue (1997) y Tokyo Godfathers (2003). Según he leído, está basada en la novela homónima de Yasutaka Tsutsui de 1993, y supone una influencia grande a la manufactura de Inception (2010) de Chris Nolan. Parte del gremio geek se rasgó las vestiduras en su momento al argumentar un supuesto plagio de Nolan a la cinta de Kon-san, cosa que Nolan desmintió hábilmente al citar a Paprika como una "influencia". Lo clásico. ¿Es un poco tonto andar buscando escandalitos a la Kimba, the White Lion en las películas de Hollywood, no? Es como esa otra estéril teoría de la conspiración (favorita del geekismo), la controversia Harry Potter vs The Books of Magic de Neil Gaiman. Bah.

Por cierto, los creadores del cómic japonés Bloody Monday hicieron una bonita versión del póster de Inception pero con los personajes de su propio manga. Cosa linda de la que me enteré, también, gracias a Paprika. Acá el link.

En Paprika, la cosa gira en torno a una invención: el DC Mini, máquina que da el acceso a los sueños ajenos (de una manera que se siente física, como "estar ahí") con fines terapéuticos y que, además, graba y te pone en un vulgar player a la Windows Media, todo lo que el soñador soñó. Lo último no tiene mucha gracia, y funciona más como un instrumento narrativo del filme que otra cosa. El DC Mini es un gadget experimental (desarrollado por un geniecito de un hospital), por lo que no debe tomarse a la ligera, pero evidentemente alguien lo hace y provoca el caos. Vemos los sueños de los personajes de la cinta: un policía con una carrera frustrada como cineasta, el propio inventor y los médicos miembros del proyecto. Los sueños se estrelazan, alguien parece sabotear el experimento y una terapeuta, bajo el avatar de nombre "Paprika" –manga y cumshotera a más no poder–, salta entre episodios oníricos, con ayuda del policía, para hallar al responsable del sabotaje. El sabotaje consiste, básicamente, en entrometerse en el sueño de alguien más, y robarle su sanidad mental. Lo cual no es tan tonto como podría sonar: dentro de su aparente locura, los sueños son el sitio donde mejor descansamos, nuestro cerebro se "regenera" y nuestra memoria se deshace de lo que no necesita. Esto no ha sido enteramente comprobado por la ciencia, pero creo que es sano y salvo decir que nuestras mentes necesitan del demente teatro onírico para sobrevivir a la realidad. Así es que robarle el sueño a alguien es cosa más delicada de lo que parece. Y mezclar los sueños con la realidad, con la vigilia, tampoco es deseable, como entendemos a medida que avanza Paprika, con lujo de imaginería surreal…

El manga es inagotable, ¿cierto? Es tan vasto y complejo, y tiene una audiencia tan dedicada, que es como un microuniverso donde uno puede perder varias vidas nadando en sus aguas. Me pregunto qué diría Borges hoy del manga luego de ver en qué se convirtió el manga, claro –pues el tipo lo conoció, seguro. Pienso que Borges, el gran lector de las sagas escandinavas, del viking, de las literaturas fantásticas, del sueño como forma narrativa ("zona de sombras", le llamaba al sueño), habría amado Paprika. La imagen más obvia, pero también más bella (cosa que queda clara con los segundos finales), es la del policía, un cineasta frustrado, frente a la marquesina. Porque el cine es sueño, ¿no? Quizá por eso lo amamos tanto. Ver cine es como soñar despiertos. Sí señor.

Mi amada hackercita

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David Fincher es el responsable de llevar un estilo áspero del diseño al cine y con un éxito de tal magnitud, que cientos de directores comenzaron a imitarlo. La película que lo inauguró como el líder de esa estética fue Se7en. En aquella historia policiaca, Fincher consiguió transferir sentimientos de claustrofobia, pestilencia, desesperanza, incredulidad y podedumbre al espectador con una fotografía bella pero descuidada y una atmósfera lluviosa, sucia y gris.

Con esa carta bajo la manga, era evidente que la adaptación gringa de la serie de novelas Millenium le quedaría como anillo al dedo. No fue así.

Su The Girl With The Dragon Tattoo es un espectáculo estético perfecto. Desde la brutal secuencia de créditos iniciales amenizada por Trent Reznor y Karen O, hasta la toma del corazón destrozado al final —no es spoiler realmente—. Cada imagen es perfecta y se nota producida con una dedicación casi enferma —como aquella en la que la cámara aérea sigue al tren en medio de una tormenta de nieve—.

Esa es su falla. La única, claro. Porque las actuaciones son perfectas, las locaciones hermosas, la cinefotografía una delicia, el soundtrack no se monta sobre lo que vemos, más bien lo complementa…

Mi problema es que la Lisbeth Salander de Rooney Mara, a diferencia de la de Noomi Rapace —¿de dónde salen esos nombres?—, parece invencible. Este es un personaje descrito en las novelas (que yo no he leído, pero los fans me han platicado) como una especie de tomboy adolescente. Salander tiene cuerpo de niño teen —que Rapace sí tiene—, pero la Salander de Mara es a) hermosa y b) dentro de su extrema delgadez, muestra un cuerpo muy femenino que Fincher aprovecha para retratar con lujuria cada vez que la secuencia lo demanda.

La ropa de Lisbeth Salander versión Fincher también parece salida de una versión Goth de Mango, y su obsesión con Mac raya en el anuncio minimalista que la marca nos ha enjaretado hasta el cansancio.

Danel Craig también aporta una presencia casi invencible, a pesar de que su personaje en realidad es más vulnerable. Él lo hace muy bien, pero no podemos quitarnos de la cabeza a James Bond, y durante la extensión de la película esperamos que explote y destruya a sus antagonistas con las manos, sin sufrir un rasguño.

La producción es tan impecable que resta credibilidad. Al menos a mi manera de ver.

También, las secuencias más violentas de la primer novela —todos saben de qué hablo, espero—, son retratadas sin el peso sórdido de la versión sueca, mucho menos comprometida con la moral.

Fincher ha conseguido una reinterpretación que funciona más como eye candy que como una historia de drama e intriga. A mi parecer es una falla, pero no deja de ser entretenida.

Otro domingo de enero en el Candelero

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El viejo parque del Candelero, hogar de los 49ers y de incontables batallas de postemporada, "cuántos recuerdos, mi Lic." Antes de Bill Walsh, los Niners eran como el trapeador de la vieja NFL. Destaca un quarterback, Y.A. Tittle, inmortalizado por esta icónica fotografía. Y ya. De ahí en fuera, San Francisco destacaba más por ser una de las ciudades más bellas y encantadoras del mundo. La romántica Bahía, el Golden Gate, I left my heart in San Francisco. Un buen día, sin embargo, llegó Bill Walsh al equipo, y trajo a un talentoso quarterback de Notre Dame de nombre Joe Montana. A mediados de los noventa, los Niners eran una de las franquicias más exitosas del futbol americano, con 5 Super Bowls en la bolsa y un montón de conversos a la causa, presumiblemente gente que vivió intensamente los ochenta y se aficionó por la NFL cuando Montana amontonaba récords. Y cómo no. Recuerdo perfectamente bien "The Catch", oh sí, yo estuve ahí frente a mi televisor (el partido se transmitió en Canal 13), a mis tiernos ocho años o algo así: Niners vs los Cowboys en el Parque del Candelero, Dwight Clark vs Everson Walls, el imposible pase, la imposible recepción… pataleé y lloré, me acuerdo tan bien. Terminó el partido y no solo eso, con el cambio de década los Cowboys le habían cedido el control de la Nacional a los Niners, una nueva dinastía en ciernes, claro. Pero yo qué iba a saber. Solo recuerdo que comenzó El Show de los Muppets y ya.

El parque del Candelero, el Candlestick Park, es un inmueble más bien feo e irregular, pensado para la práctica del beisbol. Es viejo y ha tenido varios cambios de nombre, incluyendo esa horrible idea de bautizar recintos deportivos en honor a los corporativos que los patrocinan. Por suerte, hoy día vuelve a llamarse Candlestick Park. Y así como lo ven, feo y chueco, es un escenario memorable. Los Beatles –acá va el factoide– dieron su último concierto masivo en él (1966). Cowboys y Niners se dieron fabulosos agarrones de playoffs en los noventa, cuando acabó la era Montana y empezó la era Young. El legendario 30-20 del juego de Campeonato de la NFC en 1992, cuando Dallas recuperó la supremacía de la conferencia. O "The Catch 2", de Steve Young a T.O. en el partido de playoffs contra los Packers. Y la semana pasada, "The Catch 3". Alex Smith y Vernon Davis… ¿perdurará en la memoria?

Hoy el Candelero recibe otro campeonato de conferencia. Cuento con que los Niners le van a partir su madre a los Giants. En la Americana: voy Pats. Los Cuervos me aburren.